jueves, 29 de agosto de 2013

¿Y a mí qué, las exposiciones de la Ciudadela?


Llevo toda mi vida universitaria estudiando diferentes materias que giran entorno al arte y voy a por el doctorado. El viernes pasado se me ocurrió ir a ver la exposición de un amigo sita en la Sala de armas de la Ciudadela de Pamplona, ya que éste me recordó que faltaba poco menos de dos semanas para que finalizase. Me pareció un plan perfecto, porque meses atrás había visto en su taller algunas de las obras pertenecientes a este mismo proyecto sobre la vida en el barrio, todavía sin terminar, y me resultaron de lo más interesantes. A esta cita cultural se sumaron dos de mis mejores amigos, lo que me pareció un feliz acontecimiento. Entramos al recinto amurallado por la entrada norte tras la que pudimos ver un cartel anunciador con los nombres de los tres chicos ganadores del certamen “Jóvenes artistas 2010” que compartían sala expositiva. En la puerta nos esperaba haciendo tiempo, Iosu, el amigo del que os hablo.
Uno de mis dos acompañantes es ingeniero industrial, su actividad intelectual cotidiana se basa en la investigación de nuevos materiales y otros quehaceres. Su relación más estrecha con el arte es su gusto por la música al que ha contribuido mucho su fino oído heredado. A las artes plásticas se ha acercado estos últimos años en gran medida debido al tiempo de ocio que a menudo compartimos. Al llegar a la segunda planta de la Sala de armas nos dirigimos al espacio del fondo delimitado por unos paneles blancos sobre ruedas, unos muros silenciosos que guardaban el secreto del éxito de la obra premiada. De una en una, recorrimos con curiosidad las fotografías impresas en aquellos lienzos que mostraban diferentes escenas, muy cotidianas, que para mí reflejaban nuestro entorno más cercano y obviado hecho de ladrillos, los cuales en ocasiones forman parte de un proyecto tan necesario e íntimo como un hogar, y en otras, de un escenario desolado de escombros olvidados, de un no-lugar. Eso es lo que yo pensé. El artista nos comentó sus animaciones, en las que escombros de diferentes tamaños parecen moverse solos, sobre las que destacó la necesidad que tenían esos trozos de muro de sentirse vivos de nuevo y volver a formar parte de un sistema, de una estructura necesaria para la construcción de algo más grande. Relacioné esto con la necesidad de diversos colectivos de personas de entrar por fin a formar parte de una sociedad que los mira como piezas de puzzle dispersas que no tienen los entrantes y salientes adecuados y necesarios para encajar con el groso del juego ya montado. A demás me sorprendió muy gratamente la perfección del montaje del vídeo, con una continuidad estupenda, unos movimientos (como los de las ruedas de caucho, la ventana o los pedazos de poliespan) cuidados al detalle y unos escenarios a cielo abierto que me evocaron lugares recónditos y perdidos. Eso es lo que imaginé yo.
El amigo del que todavía no he hablado y que me acompañó en la visita, está terminando la carrera de derecho. Es bastante reticente al arte actual en general porque cree que prácticamente en su totalidad son “cosas que puede hacer cualquiera”. Durante la visita, permaneció en silencio y atento a nuestros comentarios. Por fin hizo alusión al modo tan sencillo en el que los espectadores podemos ser engañados con un simple truco de cámara, refiriéndose a la obra en la que un pequeño estanque estaba siendo grabado con una mini cámara desde una perspectiva tal, que parecía retransmitir la imagen de un pantano enorme, cuando en realidad se trataba de una parte de aquel mismo estanque. Su cara de perplejidad se acentuó cuando echó un vistazo al documental sobre Camarón que se proyectaba en bucle en un rincón situado en la parte central de la sala. Sus ojos me pidieron una explicación, porque no comprendía la relación que guardaba todo aquello. Yo le expliqué que las obras tenían que ver con el pensamiento del autor y con sus últimas experiencias ligadas al flamenco, a la relación con algunos de sus amigos gitanos y a su interés por el reciclaje tras su experiencia artística en México DF en 2010, reflejada en las creaciones pertenecientes a la serie “Acumulaciones” del mismo año. Todo esto inmerso en una línea de pensamiento crítica con la sociedad capitalista de consumo, de acumulación y creación de basura y de espacios invadidos por ella. Tras esta breve explicación, mi amigo se quedó muy satisfecho por haber conocido esta privilegiada información que le permitió, según él, hacerse una pequeña idea de por qué estaba rodeado de fotos de derribos, ladrillos correteando, un estanque con vegetación diversa y un sillón al que le crecía césped.
Tras pasearnos por la zona objetivo de nuestra visita, decidimos ver el resto de la exposición, compuesta por la obra de los otros dos artistas premiados. Constaba de una serie de cuadros distribuidos de forma singular por las paredes de la sala, sin una sola cartela, sobre un pulcro blanco. No había referencia alguna a las obras. Ni a los autores. Ni un texto, ni un folleto. Nada. De repente oí una carcajada. Mi amigo, con el que acababa de comentar la obra de Iosu, había reparado en una obra de pequeño formato, de colores oscuros, que presidía uno de los amplios paneles blancos. Le parecía una broma que aquel minúsculo cuadro pendiese impune de la pared. Entre risas, me explicaba que lo había confundido con uno de esos botones de emergencia de incendios inscritos en una cajita roja.
A menudo, quienes estudiamos o trabajamos en el ámbito del arte contemporáneo y actual, nos encontramos con una barrera importante ante la distancia que nos separa de la gente que sigue considerando arte sólo a los cuadros bonitos y bien hechos. Pero resulta que en muchas ocasiones nos lo ganamos a pulso. ¿Qué puede aportar a alguien no familiarizado con la pintura figurativa de carácter simbolista contemporánea un cuadro que ni comprende ni concibe como arte? ¿Hay algo que pueda distanciarlo más de la obra que una exposición muda, sin ningún tipo de referencia contextual? Si ya tenemos un enorme trabajo por delante para ponernos al día en el complejo mundo de la revisión del arte como concepto, ¿por qué seguimos considerando que los cuadros hablan por sí mismos?
Entiendo perfectamente que siga habiendo quién piense, ¿y a mí qué, esta exposición de la Ciudadela?


Sofía Albero
 25/01/12

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